
Le faltan cuerdas a la guitarra;
esa melodía desafinada
interrumpe cualquier cena:
familiar o a la luz de las velas.
El tímpano se agudiza en un pito
que hace doler la cabeza
que nos vuelve esquizofrénicos,
loco te golpeas contra la pared.
Escuchar algo armonioso,
no suenan ni las castañas con el viento.
Perdidos en un punto imaginario,
se vuelve caótico...
las notas suenan como tenedor en el plato,
y así el tiempo se desordena.
Mis manos cubren mis orejas,
agito la cabeza de izquierda a derecha
me muerdo el labio
retuerzo las piernas, me enredo en el suelo
lloro, grito,
comienza a nacer una larva
que esta vez no le saldrán alas.
No hay melodías, no hay guitarra
nadie puede nacer de esta forma.
Vuelvo, mi cabeza recapacita
y me encuentro enamorándome
a la luz de las velas,
imaginando algo para poder alejarme
pero todo sigue igual de cálido.
El maestro toca cada cuerda,
se crea una canción inexplicable
con partituras de oro;
llega a mis oídos,
me desmayo entre tus manos,
te derramas sobre mi cuerpo.
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